Sentido común: antídoto para reducir la violencia en el estadio El Campín
Por / César Augusto Prieto
Acord Cundinamarca
Cada cierto tiempo regresa la noticia sobre actos violentos, dentro y fuera de los estadios, producto de múltiples razones sociales, culturales y con el común denominador de la intolerancia y el delito disfrazado de camiseta deportiva.
Para el caso de Bogotá, la reciente invasión de campo y enfrentamiento entre barras de América y Santa Fe del pasado 22 de agosto recuerda lo que pasó en varias ocasiones en los últimos años cuando el rival de turno fue Nacional, e incluso no han faltado los enfrentamientos en los clásicos capitalinos.
Pero este es un verdadero deja vu pues siempre ocurre lo mismo: titulares en los medios de comunicación, escándalo en redes y las promesas inocuas de las autoridades por erradicar este fenómeno del deporte rey en nuestro país.
Para empezar y ser realistas, la violencia en el estadio El Campín, especialmente entre los denominados barristas no es nada nuevo y responde a una dinámica sociológica: el deporte es una muestra de lo que se cocina internamente en Bogotá, una ciudad con graves problemáticas de inseguridad, anarquía y desigualdad.
El show de alcaldes, presidentes de equipos, voceros institucionales, comentaristas y los aullidos en las redes sociales son calcados y untados de doble moral y plantean “soluciones” que se quedan en anuncios risibles pues se escuchan hace décadas y nada pasa: biometría, carnetizaciones, control de alcoholemia y otros eufemismos.
No, unas respuestas coherentes o por lo menos el inicio de tales es aplicar acciones simples: la más básica y elemental, por lo menos para el caso de Santa Fe, es no permitir el ingreso de barras visitantes a la tribuna norte, desde donde las gavillas verdolagas y azufradas no logren organizar ataques contra los demás asistentes pues a todas luces, el último incidente arrancó por el intento de robo de un trapo local.
Tal medida administrativa, aunque luzca antipática, es el primer paso para reconocer que como sociedad no estamos preparados para convivir en un mismo recinto, caldeado ya por antecedentes previos y menos con fanaticadas infiltradas por primeras líneas y personajes que ingresan drogados o alicorados en su gran mayoría, con ganas de camorra, caos y destrucción.
Eso lo sabemos todos menos el señor Presidente de Santa Fe y los voceros de una tibia e inoperante Comisión Distrital de Fútbol que todavía, en una inocencia perversa, creen que enfrentar a estas hordas en un estadio de fútbol sin vallas de seguridad, va a terminar bien.
Mano dura, sentido común y menos mamertadas es lo que se requiere para amainar las tormentas provocadas por los vándalos del deporte; cierre de fronteras y tribunas visitantes problemáticas, más trabajo social y menos droga entre los barristas: algún día dejaremos de atacar a una persona por usar una gorra o una camiseta rival, pero en serio, no vivimos en Dinamarca…



