Pedro Juan, a quien sus padres bautizaron así como un homenaje póstumo a Pedro y Juan, dos fieles discípulos de Cristo, fue por eso que, en su natal pueblo, lo llamaban cariñosamente ‘El apóstol’ y fue quien desde cuando cursaba años primarios se interesaba por lecturas sobre el atletismo, así aprendió a conocer el mundo del maratón.
Conoció sobre las historias del griego Filípides y su trote desde Maratón hasta Atenas para cantar la victoria del ejército persa, mientras en el viejo radio de pilas escuchaba que, en Bogotá, ciudad desconocida para él, se correría una prueba llamada la Media Maratón.
Andaba el calendario cercano al año 2000 y con el nuevo siglo entendía que miles de atletas asistirían al evento, por eso dejo correr sueños en su mente y siendo un quinceañero empezó a trabajar como ayudante de un viejo campero que transportaba labriegos para obtener denarios en el bolsillo del raído pantalón
Entonces, con las hojas de calendario cayendo al piso, entendió que llegó la hora…
En pleno 2002 enrumbo desde el poblado boyacense, tomó camino a la capital, primero en un jeep traspasó el polvoriento sendero hacia Tunja, luego buscó un moderno autobús hasta llegar el cinco de agosto al centro de su meta, como no estaba inscrito debió colarse en la Plaza de Bolívar el seis del mismo mes para cumplir el sueño de estar entre los 24 mil atletas que tomaban la largada.
No había hecho calentamiento previo, ni sabía sobre los calambres, solamente en su mente pensaba en trotar, andar entre la muchedumbre, respirar profundo teniendo al frente el cerro de Monserrate, los rascacielos, las calles adoquinadas del centro, y ser lo que pensaba – un atleta de la media maratón de Bogotá.
A la distancia estaba la punta de carrera, no sabía que un mexicano rodaba para hacer historia, pero a él poco le importaba, y sería a la altura de la calle 72 cuando recordó que no había tomado tiempo en su reloj, un opacado aparato comprado en un mercado de segundazos y cuyos minuteros corrían lentamente al ritmo de las zancadas.
Logró terminar y cuando llegó a la meta, los estruendosos parlantes anunciaban que, Armando Quintanilla, el atleta mexicano, había sido ganador, y que una ecuatoriana, Marta Tenorio era la vencedora, entonces, fatigado, con piernas temblorosas se apostó a un costado para ver a la distancia los dos campeones.
Pedro Juan, fue feliz, sus ojos brillaban con lucidez única, su camiseta empapada, los tenis a punta de la ruptura, poco le interesaban, porque su sueño se había cumplido, él ya era un atleta de la media maratón de Bogotá.
Marchó a su pueblo donde logró culminar estudios como mecánico automotriz, para que, en medio de motores fundidos, tuercas y cilindros, ahorrase para volver.
En el 2001 se logró inscribir, regresó a la capital, reclamó su kit y conoció la primera edición de la Expomedia, claro, no se cansó de recibir en el pabellón, folletos, pequeñas dosis promocionales de hidratantes, toallas refrescantes para ser utilizadas en la competición y en general todos los aditamentos que se suelen conocer en esa feria exposicional.
Volvió, tenía que volver, oficialmente inscrito, en el pequeño hotelito del centro bogotano, muy temprano, zafó ganchitos y se colgó el número, caminó raudo hacia la partida y se logró meter entre los consentidos, allí pudo observar dos atletas peruanos que protestaban porque en Colombia no conseguían unas gotitas de pisco, el delicioso trago peruano hecho con uva fermentada, eran nada más ni nada menos que José Castillo y María Portilla, quienes a la postre ganarían la segunda edición.
Pedro Juan volvió a la media maratón de Bogotá en una cita rutinaria anual, con el paso de las ediciones fue conociendo más de cerca los 21 kilómetros y el fondo, aprendió a hidratarse, a manejar el cronómetro, a mentalizar las zancadas, como lo hacen los grandes invitados que honran cada año el máximo evento.
Aprendió que culminar era un triunfo, que no importaba la posición sino la altivez espiritual de la competición, que miles de almas con quienes compartía, tenían como sueño estar en el máximo evento atlético de Latinoamérica y uno de los más grandes del mundo, reconoció que muchos no corren, sino que caminan, que van de gancho con el vecino o la vecina, porque la Media Maratón une a la sociedad.
Transcurrió así su mundo, viendo en cada edición figuras como Ben Kimondiu y Teresa Wanjiku estelares en el 2002, el delirante grito de los colombianos con Alirio Carrasco en el 2003 con una keniata Susan Chepkemei en lo más alto del pódium, pero claro uno de sus mejores logros fue conseguir un autógrafo de Isaac Macharia, múltiple ganador con cuatro coronas y quien aun jadeando pudo estampar su firma en un pedazo de servilleta que Pedro Juan mando enmarcar y guardaba en la sala de su aposento como el más grande recuerdo.
Víctima de una enfermedad ósea tuvo que retirarse de los trotes en la Media Maratón y pasó resguardado, arriba de los 41 años, escuchando relatos en la radio, aunque eso sí, siempre que la prueba estaba en el televisor no podía faltar a la cita.
Él entendió que ese cerca de millón de participantes en estas ricas veintiséis jornadas son ejemplos de vida, de disciplina, de resiliencia, de aguantar soles y lluvias, de luchar contra sus cuerpos cuando la fatiga les arropa, de mitigar la sed con un sorbo de agua, de comprender los topes que el estado físico marca, por ello juró retornar.
El pasado 26 de julio se le vio la cara en el Parque Simón Bolívar, había hecho un estudio sobre los atletas extranjeros que figuraban como favoritos, pensaba él, que para sus cuentas Philemon Kiplimo sería el ganador, pero, aunque no acertó si se fue contento al poder apreciar el trance impresionante de Erick Sang que además impuso nuevo récord 1:02:01, batiendo el de Geoffrey Mutai con el 1:02:20 del 2011.
No pudo ocultar su sorpresa al ver la sonrisa desencajada de Melal Siyoum la morenaza etíope quien llegó primera tras un ataque en el tramo final, llegando en solitario a la meta en 1:12:27, siendo escoltada por Gladys Kwamboka, quien llegó en segundo lugar y era una de las favoritas, y Aynhalem Desta, que terminó en el tercer lugar.
Por esto días recibí una llamada en la cual me informaban que Pedro Juan, víctima de un infarto, se encontraba en un hospital de Tunja, capital del departamento de Boyacá…
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Pedro Juan «El Apostol» en la mmB
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