…A Eugenio Baena Calvo, In Memorian, periodista de enjundia, amigo de silencios y reencuentros…

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En la memoria de Cartagena, donde el sol escribe titulares sobre los tejados, vivió un hombre que convirtió el deporte en crónica viva, y la radio en tribuna de pasión y rigor.

Eugenio Baena Calvo, voz cartagenera, del béisbol, boxeo y otros deportes, la voz de Caracol; fue más que periodista: fue tejedor de emociones, arquitecto de jugadas narradas con el pulso de quien siente que cada cuadrangular, cada jab y cada gol son también páginas de historia.

Nos conocimos en los albores de su vocación, cuando la amistad entre nuestros padres, ambos médicos, nos dio el privilegio de compartir los primeros pasos de su carrera.

En 1977, una palabra—transcribir—nos separó. No fue disputa, fue precisión afectuosa, como quien corrige al amigo no por vanidad, sino por respeto al oficio y al vínculo.

Cuarenta y tres años de silencio. Un tiempo largo, pero no estéril. Porque la amistad verdadera no se extingue, solo espera el momento justo para volver a hablar.

Y volvió.

Con una crónica sobre Bernardo Caraballo, con un gesto que no fue solo suyo, sino que se multiplicó en voces que me llamaron desde Bogotá para celebrar la palabra reencontrada.

Desde entonces, WhatsApp fue el nuevo café, el nuevo micrófono, el nuevo abrazo.

Eugenio, siempre te admiré. Por tu enjundia, por tu dedicación, por ese modo tuyo de hacer del deporte una ceremonia, y del periodismo una ética.

También fue padre de campeona, de “Chechi” Baena, orgullo mundial sobre ruedas, cuya fuerza y elegancia en la pista llevaban en cada zancada el legado de Eugenio: la disciplina, la pasión, el amor por el detalle.

No era solo su hija, era su extensión en el mundo, la prueba viva de que la grandeza también se hereda, y que el periodismo y el deporte pueden encontrarse en la sangre, en el aliento, en el aplauso compartido.

Hoy que tu voz se ha apagado, queda el eco de tus transmisiones, el respeto que sembraste, y la amistad que, aunque interrumpida, supo volver con la nobleza de los que entienden que el afecto no se mide en años, sino en la capacidad de volver a decir:

“Estoy aquí, amigo.”
Descansa, Eugenio.
Tu crónica continúa en nosotros.
Fidel A. Leottau Beleño

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